Las puertas de la muerte
El olor a muerte invadía los rincones. La funeraria número seis asolaba al pueblo con su presencia. Nunca me atreví a entrar hasta que tuve que hacerlo. No sentía miedo, sino curiosidad con una pizca de negrura. Mi mente decía
Eres un morboso, pero yo no lo sentía así. Me acerqué a la puerta con la esperanza de ver lo que quería. No lo vi. La funeraria se encontraba vacía en plena tarde. Yo me imaginaba las almas que rondaban sus paredes derruidas, asechando a cualquier espectador indeseable. Quizá la muerte misma pudo haber espantado a los de fuera, los que no tratan con ella a diario.
La vida se acaba en esa puerta, pensé cuando vi los grandes portones de hierro que me separaban de lo desconocido. Entré, aun por curiosidad. El cuerpo de la mujer estaba abierto desde la garganta hasta el vientre y era vaciado. Sentí una mano detrás y pegué un brinco.
Qué haces aquí muchacho. Estoy curioseando, contesté levemente mientras veía los ojos fríos del embalsamador.
Quieres ver verdad. Sí, me gustaría. El hombre siguió con su trabajo sacando los órganos blandos y drenando la sangre. No podía parpadear. La imagen penetró hasta lo más profundo. La muerte, a mi lado, sentada con sus ojos tristes, me miraba.
Eres el primero que no corre, dijo el hombre al terminar. Yo seguía atónito viendo a la muerte. Ambos tomaron mi hombro y dijeron al unísono:
¿Quieres trabajo?