domingo, 6 de junio de 2010

Sin mirar atrás

I
Lo veo cuando camina en la lluvia, cuando sale de su casa, si es que tiene una. Un viejo, muchos años encima, muchas vidas que se perdieron, la luz que se muere en sus ojos. No lo veo cuando camina en la lluvia, a través de la ventana de la sala. Camina hacia mi casa, y no camina hacia mi casa, anda por la avenida. Camina, a paso lento. Las rodillas se le doblan, los pasos se le atoran con las ranuras de la calle. A veces lo veo que llora. Lo que más me intriga es que no voltea hacia atrás, no saluda, no le importan los días, ni el clima, ni la ciudad: camina por la calle sin el paso del tiempo, sin nada qué perder. Nunca me ha hablado. Creo que se da cuenta en ocasiones que lo veo, desde lejos, y que piensa en venir y hablarme. No creo que lo haga, porque no le importo, no le importa nadie.
Le tengo miedo. Le tengo miedo a su indiferencia, a su vagar que no termina. Cómo decirlo: me da miedo él, su imagen demacrada, los huesos que le saltan en la nuca, los dedos maltrechos con la piel de papel de lija. Una vez llovía, él, viejo, caminaba con su paso más lento que de costumbre. Yo lo veía desde la ventana. Me preguntaba qué pasaba por su mente. Nunca podría saberlo, nunca nadie podría saberlo. El viejo miraba hacia adelante y sollozaba, susurraba al viento un nombre que no podía descifrar. Sentí un escalofrío como si no fuera mío, como si recorriera una carretera de luz de noche, luz de sol que no se ve a simple vista sino que atraviesa los cuerpos de los que lo veían. Me veía a mí, al viejo desconocido, a mí, al fin y al cabo. Hay que saber quién es.
II
Ese viejo está loco. Loco, loco, loco. Se la pasa caminando nomás el loco, viejito loco, como esos que se les va el pedo, el avión, el tren o cualquier otra cosa que se mueva. Se le va al loco. Una vez iba el loco en medio de la calle, y tras él, una fila larga de carros pitando, batos desesperados por pasar, y el loco ni se movía, ni se daba cuenta de dónde estaba. Yo pienso que el viejo no sabe quién es ya. Los carros ahí atrás y el loco solo, en la calle, como siempre. A veces pasa por el negocio, por enfrente. Yo le grito “quiubo pinche viejo, ¡Abuelo! Ven compa, un sándwich, una coca, un hielito pal calor, qué onda, ¡Viejo, no sea culón!” y el viejo ni de pedo voltea. Neta que está loco, el viejo. Le apodamos el Zordon, porque se parece al pelón ese de los power rangers, ese que les decía que hacer y todas esas cosas de metamorfosearse y quién sabe qué cosas.
Mira, velo, ahí va el viejo, como siempre. Como te decía, siempre pasa por aquí. Según yo viene del rancho o de algún pueblo de la sierra, o alguna cosa por el estilo. Algo le ha de haber pasado. Nadie sabe de su familia, nadie que lo ve y a quien le he preguntado sabe de él más que siempre anda por la calle caminando. A veces camina en la lluvia, y le vale madres.
III
Fíjese que sí he visto al viejito del que me comenta. Lo que dicen en el barrio las señoras es que tenía una familia, que tenía una hija que la mataron y que a partir de eso se quedó tocado. Hasta eso el viejito es bien amable, saluda a las doñas en la calle. A veces le invito un champurrado cuando pasa, se lo doy nomás cuando me saluda cuando estoy en el mercado que ponemos los martes en la Narvarte. También vendo chicharrones, café, donitas de esas Kiko donas o de las que venden en el Costco, churros, papitas caseras, queso fresco, chocolate caliente, elote en grano y asado. Pero bueno, el caso es que el viejito está medio loquito, pero me cae bien fíjese, es buena gente.
Una vez pasó ahí enfrente por el mercado y estaba lloviendo, él nomás caminaba. Era el rey de la calle, nadie estaba a esa hora. Yo ya estaba levantando el changarro cuando se acercó, se me quedó viendo, levantó la mano derecho y me dijo hola. Hola señor cómo le va hoy. No dijo nada. Llevaba una hoja de papel en la espalda, de seguro se la pegaron unos niños: la hoja decía “patéame”. Santito Dios.
IV
Ese don era músico. Trabajaba para el reino, para el rey, le cantaba corridos. Yo lo veía antes en una cantina, con su acordeón y un churro de mota en la boca, de esto serán ya unos diez años. El viejo le daba duro, y le pagaban con billetes grandes, de los verdes, de esos del gabacho. Luego le componía unos corridos a los más pesados, no nomás del barrio, sino de todo el reino. Cantaba de mansiones, de pisos de mármol, de levantones y muertitos, de los códigos de honor. Todas nos las sabíamos, todas todas. Haga de cuenta que según yo se lo llevaron un buen día al palacio para que le cantara unas rolas al rey y ahí se quedó un buen tiempo. A partir de ahí quedó loco. El viejo ahora camina, como ya me dijo usted. Se la pasa caminando. Ya no lo he visto con su acordeón, de hecho no le he oído una palabra desde entonces, desde que se desapareció por lo menos unos seis meses.
Según yo ya lo habían matado. Al ruco le valía, como que ya no tenía nada que perder. Además, se metió hasta la cocina en ese mundo. Los morros dicen que después se hizo tirador de piedra, que la cocinaba y todo y que andaba todo apestoso por la calle vendiéndoles. La neta el bato era todo un artista. Me puede mucho verlo ahora como está, me puede que ande en esas manías, sabe, me puede todo de él. Pobre viejo, ya ni sabe qué hacer, pobre hombre. Hasta se me hace que ha Dios se le olvidó que existe, que anda por la calle. No me gustaría estar como él cuando me llegue su edad, si es que me llega.
V
Es poeta, se lo juro que sí. Tiene una casa, la 506, esa en la siguiente cuadra que está abandonada, casi derrumbándose. El viejo escribe poemas de amor, poemas que vende en la calle, en una esquina de la colonia. La gente lo conoce con eso. No señor, no me estoy equivocando. Sí es cierto que camina en la lluvia, pero esa es su inspiración. Sí es cierto que camina en el sol de mediodía, sí es cierto que está loco, pero qué poeta no está loco. Loco de amor. Dante por Beatriz, el Quijote por Dulcinea, muchos. Y la gente le compra los poemas, los regala. Seguro que ese viejo lee, está loco porque tiene que estar loco. Y la lluvia le sirve, por eso camina, la huele, la vive como ninguno de nosotros.
VI
No he visto al viejo en cinco meses. Me parece que ha muerto. Veo la calle, la lluvia en la ventana, las gotas de agua que golpean mi vida desde el vidrio. Pienso en él porque pienso en el miedo a la muerte. El viejo caminaba, ya lo dije, muerto en vida. Creo que lo extraño, me gustaba verme en él, me gustaba su indiferencia, aunque le temía. Le temo todavía. Seguro algún día, un día que no lo busque, aparecerá por la calle de siempre, caminando entre la lluvia, cuando yo ya no esté.
VII
El hombre salió de la sala. El rayo iluminó la sala de estar, los muebles derruidos, los pensamientos que recurrían la imagen del viejito loco que caminaba por la lluvia. Llegó al cuarto de baño, a paso lento. Prendió y apagó la luz varias veces antes de entrar. Las manos le tiemblan, se muerde los labios. Las lágrimas le recorren los ojos como los ríos de la muerte. El espejo refleja la luz de la bombilla. Afuera, las gotas de lluvia inundan la ciudad, despiertan al animal dormido que exhala bocanadas de humo por los pulmones de asfalto y hierro. Escucha el aliento del calor, de la humedad, del pasado. En el espejo, siente miedo. Ve su cara demacrada, las arrugas que atraviesan la piel como grietas del tiempo, las manos y los dedos con la piel papel de lija, los huesos que le saltan en la nuca. El espejo no miente, se miente él mismo. Afuera llueve. Se dirige hacia la puerta, la abre, sale, sin mirar atrás, para nunca volver a verse en el espejo, con la esperanza de regresar y poder volver a verse caminar por la lluvia sin importarle nada.

Bruno Ríos Martínez de Castro